Las posibilidades de cada firma difieren según su particular situación y lo que aquí ocurra no debiera ser visto como un parámetro.

Con expectación está siguiendo el mercado mundial del cobre el desarrollo de la negociación entre Minera Escondida y el sindicato de trabajadores. Tanto es así que desde el comienzo de las conversaciones, el 1 de junio pasado, la cotización del metal rojo subió en un 6%, lo que de acuerdo con analistas responde a la probabilidad que se le asigna a un evento de paralización como los ocurridos en el pasado.

Esta semana, la firma controlada por BHP, propietaria de un 55%, respondió formalmente a los requerimientos de los trabajadores, en una carta en la que les pidió, por medio del diálogo, “llegar a un acuerdo de beneficio mutuo” y así abordar materias como el bono por término de conflicto, no contemplado en su propuesta inicial.

Efectivamente, dicho bono se ha transformado en el aspecto más llamativo de las negociaciones mineras. En el caso de Escondida, el sindicato considera que debiese situarse entre los $21 y $25 millones. La empresa ha calificado de “exagerado” ese monto, haciendo notar que ni en los mejores momentos de la industria se vieron pagos de sumas similares. En paralelo, y en relación con el segundo yacimiento más importante que tiene la compañía anglo-australiana en Chile, Spence, la firma logró cerrar un acuerdo que contempla un bono de término de negociación por $13,5 millones.

Es normal que el auge de la minería -que en estos momentos parece empezar a recuperarse de un período de bajos precios y restricciones- se refleje en mejores salarios para sus trabajadores y es positivo que ello ocurra. En ese contexto, los bonos de fin de conflicto se han transformado en una herramienta que, si bien no tiene ese objetivo, ha permitido compartir parte de las utilidades sin amarrar alzas salariales que en el futuro pudiesen ser dañinas para las empresas, introduciendo un elemento de flexibilidad en un área -las relaciones laborales- caracterizada en Chile por inconvenientes rigideces normativas.

En términos generales, los buenos precios del cobre suelen elevar el valor de la productividad del trabajo en ese sector. En un mercado laboral que funciona bien, esto repercute en mayores empleos y salarios. El mayor poder de compra de los mineros, por su parte, hace que la nueva riqueza fluya hacia otras actividades, como la construcción y el comercio. Es cierto que los sueldos y beneficios en las grandes mineras exceden muchísimo a los del resto de los trabajadores del país. Ello responde, en parte, a condiciones de trabajo particularmente duras, y en parte también a la enorme capacidad de negociación que se genera por el alto precio del metal y lo costoso que se vuelve, por lo tanto, cualquier tipo de conflicto. Tampoco cabe descartar el efecto intimidatorio de acciones de fuerza, como el bloqueo violento de rutas de acceso, que en oportunidades han acompañado estos procesos, tal como lo experimentó la propia Escondida el año pasado.

Respecto de la negociación en curso, aun tratándose de una empresa privada, su evolución tiene una complejidad adicional, en la medida en que los trabajadores de otras empresas del sector suelen considerar sus resultados como una guía o parámetro. Hay que tener claro, sin embargo, que las posibilidades de otorgar beneficios por parte de cada firma difieren según su particular situación productiva, económica y financiera. El caso más paradigmático es Codelco, que se encuentra en una condición bastante más deteriorada para soportar los beneficios de sus equivalentes privadas.

Fuente: Economía y Negocios